La típica vecina ideal

El otro día comprobé que mi vecina Lucía tiene la casa ideal, a su imagen y semejanza. Notad que digo ideal, no perfecta. No es la típica mujer a la que ves con sus tres hijos rubios perfectamente vestidos enconjuntados, pulcros y peinados como si acabaran de salir del catálogo de Nanos. No, ella está por encima de eso. Porque su hija a veces lleva un chándal rosa de terciopelo, pero hasta lo hortera le queda bien.

Cuando subí a dejarle unas cosas para el bebé que va a tener (embarazada está monísima, claro), me la encontré perfectamente vestida de forma informal pero arreglada, como tiene una que estar cuando va a pasar la mañana tontamente en casa. Yo subí en chándal, porque después pretendía salir a correr (la vuelta a la manzana, no os penséis que doy para más). Al abrirse la puerta sentí que sobraba en ese pasillo con pintura alegre y bonitos elementos de decoración. No pasé de la entrada, no me atreví, me sentía fuera de lugar, fea en un hogar tan harmonioso, me fui (literalmente) por patas.

Después de cinco gloriosos minutos corriendo volví a mi casa. Me prometí a mi misma que algún día tendría una bonita entrada con papel pintado, un lugar acogedor donde dar la bienvenida a mis visitas como hace mi vecina, no ese trastero donde conviven sin orden ni gracia abrigos, carritos y bicis de niños. Hay tantos trastos en mi entrada que cualquier día no puedo abrir la puerta.

Otro día os cuento más de mi vecina, ahora voy a por una revista de decoración.

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