En el herbolario

Anodada. Así me siento al entrar en el herbolario de mi barrio. Veo un montón de cosas llamativas a mi alrededor. La mitad de los frasquitos no sé ni lo que son, pero todo parece mágico. Todo es tan natural, tan ecológico, que dan ganas de echarse todos los aceites por encima y probar todos los botes de capsulitas. Todo hay que decirlo, alguna sección no tiene tan buena pinta. La verdad es que las algas así vistas no están muy apetecibles. Pero seguro que son súper sanas.

Empiezo a curiosear pero enseguida me interrumpe la dependienta. Siento que ella es como la bruja a la que hay que pedir un deseo para que te saque la pócima mágica. Que qué quiero. ¿Cómo le explico yo a esa buena mujer que quiero estar más guapa, más sana, más delgada y más feliz y que necesito un par de capsulitas naturales para eso? Lo resumo en: “He dado a luz hace tres meses y quiero algo para deshincharme. Y ya de paso algo también para la piel”. Bonita manera de decirle que necesito entrar en mi ropa para volver al trabajo, que tal y como están las cosas voy a tener que volver con mi ropa de embarazada. No, a eso me niego.

Empieza entonces la chica/bruja a sacarme botecitos, a explicarme cosas. Escucho embobada. Al final, me compro la levadura de cerveza y el germen de trigo para la piel. Eso ya lo tenía en la cabeza antes de entrar. En Internet, biblia de la salud y la delgadez, lo recomiendan en todas partes.

Toca elegir la pócima del adelgazamiento. Después de muchas dudas, de leer y releer lo que pone en los diferentes botes que me presenta mi hada madrina, me decanto por un mejunje a base de plantas. Cada día me tengo que tomar un tapón (será potente el conjuro, que con un tapón basta) diluido en un litro y medio de agua. Y en quince días estaré como la señora que sale en la botella. La verdad es que yo prefiero tomarme una capsulita. Más rápido, fácil, y no tengo que ir bebiendo ese agua con color rancio. Enfín, para estar bella, hay que sufrir.

Salgo de la tienda con ganas de tomármelo todo y prometiéndome que volveré otro día a por más cosas.

Balance al cabo de dos días: me ha salido un grano y estoy todo el día en el baño. Pero algo sí se ha deshinchado: tengo 30 euros menos en mi cuenta corriente, que la magia tiene un precio.

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