El arte de no liarte

Tengo mucho que aprender en esto de simplificarme la vida.

Por la mañana, sin previo aviso, mi asistenta me dice que quiere una subida de sueldo. Lo hace justo ahora, cuando estoy a punto de incorporarme al trabajo. No me lo esperaba. Me pongo nerviosa. Se me nubla la vista. Me recompongo. Pero si el sueldo es bueno, se lo subimos hace poco. Pero si es como de la familia. Pero si a mí hace años que no hacen una subida. Es más, cada vez cobro menos. No sé qué hacer, estoy contenta con ella y ahora mismo estoy en sus manos. Que no me vea dudar. No debo precipitarme. Tengo que ganar tiempo. Digo algo así como que la cosa está difícil, que lo voy a consultar con mi marido. Me encierro en mi cuarto.

Llamo a mi marido. No contesta. Estará reunido. Le mando un whatsapp. Seguro que en cuanto lo lea me llama.

Mientras tengo que ir avanzando. Mando un whatsapp a mi madre. Me contesta al segundo. Me dice que le suba el sueldo lo que sea, que la necesito. Quiero más opiniones. Abro un grupo de chat con las vecinas, en él encontraré lo que busco. Les expongo el dilema. Al momento estalla un bombardeo de mensajes. Repasamos minuciosamente trayectorias, horarios y salarios de todas las asistentas conocidas. Concluimos que la mía está bien pagada pero que hay que ver qué estrategia seguir para que no se vaya. Alguna empieza a mandarme contactos de otras chicas con buenas referencias. Yo no quiero cambiar, estoy encantada con la que tengo. Pero pagar más me parece exagerado. Mi madre me manda los consejos de sus amigas, a quien también ha consultado.

Mi marido sigue sin contestar. Debe de estar muy ocupado.

Repaso mentalmente toda la información recibida. Analizo el nivel de polvo de mi casa para valorar el trabajo de mi asistenta. Hago memoria de aciertos y desaciertos. No sé qué hacer. No como a gusto, no me puedo echar la siesta. No pienso en otra cosa. Mando más mensajes a más conocidas. Todas me entienden, menudo marrón, y me detallan sus experiencias. Hay mil historias.

Mi marido me escribe un whatsapp. Que tiene mucho trabajo, que ya hablamos esta noche.

Recojo a los niños y salgo al parque en búsqueda de alguna de mis compañeras. Comentamos lo mío acaloradamente. No hay consenso sobre la mejor estrategia a seguir: dar largas, subir muy poco, negarse tajantemente, subir lo que sea, o ir buscando a otra. Estoy hecha un lío. Recurro a Internet. Definitivamente, el sueldo está bien y por menos habría muchas candidatas. Pero qué pereza cambiar. Y si le digo que no, lo mismo tampoco se va.

Mi marido llega cuando los niños están a punto de acostarse. Mientas se lavan los dientes le pormenorizo la opinión de todas y cada una de las fuentes consultadas. No sé si me escucha. Juega con los niños, los acuesta. Me preparo para un largo debate. Hay que analizar pros y contras de cada alternativa.

Se tumba en el sofá. Empieza a leer el periódico. Me siento a su lado. “¿Y entonces, qué hacemos?”. “Pues nada. Decimos que no y a ver qué dice. Y si se va, ya buscaremos otra”. Y sigue leyendo. No me da pie a seguir con el tema. Es así de fácil. ¿O no? Empiezo a darle vueltas a si me complico mucho la vida. ¿Qué hago? Abro un grupo de whatsapp.

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