Relato corto.

Abro un ojo y lo primero que veo es mi despertador marcando las ocho. Salgo de la cama dando un bote. ¡Maldito cacharro, lo puse para que sonara a las seis!

No hay tiempo para ducha ni para maquillaje, ése tan apropiado que había visto en esa revista. Un poco de colorete y perfume. Creo que se me ha ido la mano con el perfume. Menos mal que dejé la ropa preparada. No encuentro las llaves del coche. Juraría que las había dejado en el bolso. Da igual, no estoy como para conducir. Además, a ver quién aparca luego. Cogeré un taxi. Pero es hora punta. Necesito una moto, siempre lo he dicho. Mañana me compro una.

Me tiro a la calle. A ver quién encuentra un taxi a esta hora en Madrid. Lo intento durante cinco minutos. Me quejaré a la alcaldesa. No hay tiempo. Al metro. Y yo que pensaba desayunar tranquilamente para repasarlo todo, voy y me quedo sopa. Ayer me costó dormirme, los nervios y el maldito café de después de comer. La oportunidad de mi vida y yo sobando.

Subo y bajo escaleras en el metro. Hago dos transbordos. Se me hace eterno. Casi rompo la puerta al llegar a mi estación.

Por fin vuelvo a salir a la calle. Llego quince minutos tarde. La recepcionista me mira mal, pero me indica la planta a la que tengo que ir. En el ascensor hay mucha gente. De repente, noto el olor familiar de mi perfume. Veo un chico guapo. Parece mentira que en estos momentos esté pendiente de los chicos guapos. Es que quiero tener novio, pero un novio bueno, no como el capullo de Gabriel. Pero qué hago pensando en ese imbécil ahora, cuando mi vida pende de este momento. Definitivamente, me he pasado con el perfume.

Planta doce, me bajo. El chico guapo también. Se me ocurre que podría ser él y me pongo roja. Busco el despacho. Hablo con la secretaria. Uf, estoy salvada, llega tarde y tengo que esperar. Me siento y busco algo que hacer para aparentar calma. Con las prisas me he dejado el móvil en casa. Un libro sería lo ideal. Aunque fuera 50 Sombras de Grey. Me río yo sola de mi ocurrencia. Estoy loca. Pues nada, pongo cara interesante de persona con mucha vida interior.

Ya está aquí, se mete en su despacho sin mirarme. Al minuto me dice la secretaria que pase. Estoy hecha un flan. Menos mal que no tengo un libro en las manos, se me hubiera caído.

Entro. No me sonríe. Yo no sé si sonreír. Tres años esperando este momento y no sé qué cara poner. Qué largo el silencio. De repente me acuerdo de que dejé las llaves del coche en el otro abrigo. Por favor, a ver si me centro de una vez. Tengo delante de mí al hombre que va a decidir mi futuro. Está claro que me va a decir que no. No sé ni para que he venido. Por fin, toma aire, parece que me va a decir algo. Por favor, que lo diga ya.

Oigo un ruido. Abro un ojo. Las seis. Mi despertador está sonando.

Relato corto enviado a un concurso sin ningún éxito. Da igual, disfruté mientras lo escribía y además el relato ganador es mil veces mejor. ¡Me queda mucho por aprender!

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