De voltereta

Aún duele. Cuando estiro la pierna. Y cuando lo recuerdo. Entonces duele más.

No sé por qué lo hice. Fue una mezcla de muchos factores. El calor, la alegría, la cervecita.

Esa mañana me había visto guapa en el espejo. La cara descansada, la piel algo morena. Me sentía bien.

Brillaba el sol. Estábamos todos muy animados.

Y entonces lo hice.

Hice una voltereta lateral.

Mis hijos estaban dando saltos, tratando de hacer el pino. Y entonces lo recordé. Yo hacía muy bien la voltereta lateral. Levantaba muy bien las piernas. Sabía hacer eso y tocarme la cabeza con los pies. Menos mal que no intenté hacer lo segundo.

Me vine arriba. Tampoco había pasado tanto tiempo. El cuerpo tiene memoria, dicen. Y tampoco es tan complicado.

“Venga. Apartaos. Mamá os va a enseñar una cosa muy guay. Vais a ver. Mamá sabe hacer súper bien la voltereta lateral”. Gritos de júbilo de mis hijos, risa sarcástica de mi marido. Ya no había vuelta atrás. Había que hacerla.

Y allá que fui. Me esforcé en levantar bien las piernas, en lanzarlas con fuerza.

Noté el dolor cuando la pierna estaba en aire. Un tirón fuerte. Un músculo que llevaba años dormido despertó de golpe. La voltereta quedó bien, todo hay que decirlo. A mis hijos les encantó y pidieron más. “No. Ahora vosotros”.

Mi marido hizo un comentario. Ni contesté.

De vuelta a casa ya no me vi tan guapa en el espejo.

Debí calentar. Ese fue el fallo.

Además, para qué sirve una voltereta lateral. Para nada.

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2 comentarios en “De voltereta

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