Súper zumos

Todas las famosas los beben. Las fotos son ideales. Zumos de frutas y verduras. 100% vitaminas. Te desintoxican. Te revitalizan. Te adelgazan. Te rejuvenecen.

http://www.elarmariodelatele.com/blog/zumos-detox-a-todo-color/
http://www.elarmariodelatele.com/blog/zumos-detox-a-todo-color/
zumos famosas
http://foros.vogue.es/viewtopic.php?f=47&t=199278&start=60200

Qué apetecible.

Pues va mi suegra y me regala una licuadora. Ya está. Ya estoy. Un pasito más hacia el glamour. Qué ganas de probarla. Me paso la semana ideando recetas, imaginándome bebiendo un zumo cada día. No termino de probarla porque no me da tiempo. Si quiero zumo, tendré que levantarme (todavía) más temprano.

Pero llega el domingo por la mañana. Hoy sí. Es el día. Me levanto y salgo a correr. Olé por mí. Vuelvo a casa con la mente puesta en mi objetivo: hacerme un súper zumo. Deporte y zumo. Como una famosa. Si me ponga carillas en los dientes ya casi estoy. Allá voy. Enchufo el aparato.

Al final no he mirado recetas en Internet. Me dejo guiar por mi instinto. Ayer compré de todo. Empiezo. Dos zanahorias. En cinco segundos se convierten en unas gotitas. Maná concentrado. Venga, un poco de espinacas. Esta vez no sale nada. Parece que voy a necesitar kilos de verduras. O algo con más líquido. Naranja. Ahora sí que sale algo más. Pruebo. Sólo sabe a naranja. Para eso me habría hecho un zumo de toda la vida. Ya sé. Remolacha. Pura salud. ¿Una entera? Venga sí, y con más espinacas. Le doy al botón. Salpica la remolacha y me mancho. La que he liado. Pero ya tengo medio vaso. Lo pruebo. Está bueno. Creo que con esto basta, que está muy concentrado. Me lo bebo. Enseguida me siento más joven. Tengo la piel más tersa.

Miro cómo ha quedado la cocina. Ahora toca recoger. ¿Cómo se limpia este cacharro? Lo abro y descubro el misterio: no es que la licuadora desintegre las cosas, es que hace un puré que se queda dentro. Hay que desmontarla entera. Madre mía qué rollo. Todo esto por medio vasito. Claro, ahí está la gran diferencia: las famosas no se ponen a limpiar la licuadora.

Mi gozo en un pozo. Mañana me como una manzana.

Enchufada.

Todavía me duele todo. Fui el lunes. Hoy, jueves, vuelvo. A ver cómo me levanto de la cama mañana.

En cuanto lo vi, pensé “Esto es para mí”. Dicen que veinte minutos equivalen a tres horas de gimnasio. ¡Tres horas! Y esta semana voy a ir dos veces. ¡Qué tiemblen los ángeles de Victoria Secret!

Reconozco que no me gusta. Porque agradable no es. Te ponen el chaleco ese lleno de cables. Nada favorecedor, bastante ortopédico. Mojado, para más inri. Para que pase mejor la corriente, supongo. Ni lo he preguntado. Te enchufan, y empiezas a hacer sentadillas, abdominales y lo que te manden. Veinte minutos intensos. A mí se me hacen eternos. Mucha gente se piensa que te tumbas a leer una revista o a ver la tele mientras el chaleco te pone en forma, como en aquellos anuncios de la teletienda. No, no. Aquí se trabaja. Sufres al intentar levantar la pierna mientras te viene una descarga. Sudas. La fama cuesta.

Al principio me daba miedo. Estaba pendiente de si olía a chamusquina. Me preocupaba soltar una descarga a mis hijos al llegar a casa. Me quitaba el reloj por si las moscas. No quería beber mucha agua, a pesar de que te lo recomiendan. Pero por ahora no me ha pasado nada raro. No noto nada especial. Siempre he tenido el pelo un poco encrespado, eso no se lo puedo achacar a la electroestimulación.

Veinte minutos. Ésa es la ventaja. Por lo demás, no me gusta. Tampoco es barato. Claro, con lo cara que está la electricidad. Eso sí, parece que da resultados. En pocas sesiones, me noto mejor. Más firme.

Supongo que la tecnología irá evolucionando. En unos años, tal vez lo hagan más agradable o aún más corto. Pero a mí me gustaría dejarlo y hacer otra cosa. Algo para disfrutar. Recuerdo que cuando iba  aerobic me lo pasaba bomba con las coreografías. También me encantaría jugar todas las semanas al tenis o a paddel. Pero para esto se necesita tiempo. Y yo de eso no tengo. Así que, por ahora, me fastidio. Y me enchufo.

No es lo mío

Las dos y cuarto. Vamos a llegar tarde. Estoy esperando a Mar. Me manda un mensaje: “Ya. Bajamos”. Salgo pitando hacia el ascensor. Tengo que terminar de escribir un documento, pero lo haré después. Estoy abajo. “Corre que es tarde”.

Resulta que el sitio está más lejos de lo que pensaba y, aunque sólo llevo un poco de tacón, me cuesta andar rápido. “Es aquí. Ya verás que guay es la profe. Te va a encantar”. Mi amiga me lleva repitiendo lo mismo toda la semana, así que ya puede ser verdad.

El sitio es un poco cutre pero no me da tiempo ni a comentarlo. “Venga que empieza ya”. Nos cambiamos a toda velocidad. Para cuando llegamos a la sala, la clase ya ha comenzado. Las demás chicas están tumbadas en el suelo con los ojos cerrados. La profe parece en trance.

Busco un sitio y coloco la esterilla. Me tumbo y cierro los ojos. “Haced una respiración completa e id trayendo vuestra mente a la clase”. Puf, se ha pasado con el incienso. Oigo que mi corazón late más rápido de lo normal, es porque hemos corrido. Ahora traigo mi mente a la clase y se me pasa. Oh no. No puede ser. Abro los ojos de golpe. Tenía que haber mandado un email y se me ha olvidado. Mierda. No sé si eso lo he dicho en alto. No, parece que no, que sólo he gritado mentalmente. Bueno, da igual. Ahora a ver si me relajo. Vuelvo a tomar la posición de relajación. “Tomad conciencia de vuestro cuerpo”. En cuanto vuelva a la oficina escribo el correo. Espero terminar el documento ese hoy. “Inspirad y expirad en cuatro tiempos”. Abro los ojos. A ver si conozco a alguien. Con estas pintas no reconozco a nadie. Anda que para pintas las mías, me he traído lo más viejo que tenía. Dí que el sitio este no es muy glamouroso tampoco. Todo el mundo está muy concentrado. Todo el mundo, menos yo. Venga, dejo de mirar . “Sentid el aire entrar y salir”. Mañana el niño tiene piscina. Y que no se me olvide comprar plátanos. Y pagar a la chica. Si tuviera papel y boli haría una lista, que luego se me olvidan las tareas. Qué de cosas, y yo aquí tumbada, respirando. ¿Cuánto tiempo llevamos así? Miro el reloj. Qué lento es esto.

“Vamos a tomar la posición de no sé qué”. No entiendo lo que dice la profe, pero como todo el mundo se mueve, yo hago lo mismo. Por fin algo de movimiento. No entiendo los nombres de las posiciones, pero yo voy haciendo lo que puedo. Así estoy más entretenida. En los descansitos entre posturas, repaso mentalmente la maleta que tengo que preparar para el finde y lo que falta en la nevera. Al cabo de un rato, parece que me relajo. Más bien me entra el sueño. Será el colocón de incienso. Bostezo. En los estiramientos casi me quedo dormida.

Termina la sesión. Mar se me acerca. Se la ve encantada. “¿A qué te sientes como nueva?”. Si, mucho. Necesito un café y ponerme las pilas ya, que me he dado cuenta de que tengo la tira de cosas por hacer. Qué agobio.

Conclusión: está visto que el yoga no es lo mío. Otro día pruebo la electroestimulación.

Operación pibón. Día 1 otra vez.

Volvemos a empezar. Me merezco otra oportunidad. De nuevo como si fuera la primera vez, con la misma ilusión. Borrón y cuenta nueva.

Ya intuía yo que mis objetivos eran demasiado ambiciosos. Y he tenido mala suerte. Mala suerte y poca voluntad, todo sea dicho. Pero es que con este catarro es difícil ser fuerte.

Yo lo intenté: salí a correr. Embutida en el chándal que me trajeron los Reyes Magos y con las mallas de sudar como un pollo por debajo. Lo dí todo. Pero claro, era enero y hacía mucho frío. Al día siguiente estaba resfriada. Así no hay quien se ponga en forma. Eso a la Pataky no le pasa porque vive en Los Ángeles. Luego vino la ola de frío, así que no hay quien se quite los mocos. En resumen, en el apartado de deporte mal, muy mal.

Me quedan menos de tres semanas para volver a la oficina. No he querido probarme la ropa del trabajo. Aún estoy a tiempo. Lo voy a conseguir.

La bebida adelgazante que me compré sabe a rayos. No consigo bebérmela. Lo intento, pero la botella sigue casi llena. Por no tomarla, creo que llevo dos semanas sin beber casi agua. Y eso no es bueno. Lo tengo que hacer. Por mí, por orgullo. Ahora mismo me sirvo un vaso. Puaj.

A simple vista no hay resultados de mi programa de puesta en forma. Todo normal entonces, porque si no hago nada no sé qué espero. Por lo menos no he ido a peor. Algo es algo.

Con este frío no puedo tomar ensaladitas. Pero creo que algo más sano si que estoy comiento. Me concedo una carita sonriente. Tampoco es plan de ser muy dura conmigo misma, que luego me desanimo.

Lo dicho, no me rindo. En cuanto se me vayan los mocos me pongo a hacer ejercicio. Y esa botella de plantas me la bebo aunque tenga que echarle azúcar (o mejor sacarina). Y en tres semanas voy a entrar en mi ropa. Más me vale.

En el herbolario

Anodada. Así me siento al entrar en el herbolario de mi barrio. Veo un montón de cosas llamativas a mi alrededor. La mitad de los frasquitos no sé ni lo que son, pero todo parece mágico. Todo es tan natural, tan ecológico, que dan ganas de echarse todos los aceites por encima y probar todos los botes de capsulitas. Todo hay que decirlo, alguna sección no tiene tan buena pinta. La verdad es que las algas así vistas no están muy apetecibles. Pero seguro que son súper sanas.

Empiezo a curiosear pero enseguida me interrumpe la dependienta. Siento que ella es como la bruja a la que hay que pedir un deseo para que te saque la pócima mágica. Que qué quiero. ¿Cómo le explico yo a esa buena mujer que quiero estar más guapa, más sana, más delgada y más feliz y que necesito un par de capsulitas naturales para eso? Lo resumo en: “He dado a luz hace tres meses y quiero algo para deshincharme. Y ya de paso algo también para la piel”. Bonita manera de decirle que necesito entrar en mi ropa para volver al trabajo, que tal y como están las cosas voy a tener que volver con mi ropa de embarazada. No, a eso me niego.

Empieza entonces la chica/bruja a sacarme botecitos, a explicarme cosas. Escucho embobada. Al final, me compro la levadura de cerveza y el germen de trigo para la piel. Eso ya lo tenía en la cabeza antes de entrar. En Internet, biblia de la salud y la delgadez, lo recomiendan en todas partes.

Toca elegir la pócima del adelgazamiento. Después de muchas dudas, de leer y releer lo que pone en los diferentes botes que me presenta mi hada madrina, me decanto por un mejunje a base de plantas. Cada día me tengo que tomar un tapón (será potente el conjuro, que con un tapón basta) diluido en un litro y medio de agua. Y en quince días estaré como la señora que sale en la botella. La verdad es que yo prefiero tomarme una capsulita. Más rápido, fácil, y no tengo que ir bebiendo ese agua con color rancio. Enfín, para estar bella, hay que sufrir.

Salgo de la tienda con ganas de tomármelo todo y prometiéndome que volveré otro día a por más cosas.

Balance al cabo de dos días: me ha salido un grano y estoy todo el día en el baño. Pero algo sí se ha deshinchado: tengo 30 euros menos en mi cuenta corriente, que la magia tiene un precio.