Como una niña con zapatos feos

Zapatos feos. Pues sí. Es que se llaman así. Bueno, lo dicen en inglés, que parece que queda mejor. Ugly shoes. Y es que son feos de verdad. Horrorosos.

http://www.fashionmagazine.com/spring-fashion-2014/ugly-shoes-trend/
http://www.fashionmagazine.com/spring-fashion-2014/ugly-shoes-trend/

Parece ser que es lo último. La última vuelta de tuerca. Parece ser también que son cómodos. Sólo faltaba. Algunos incluso son de marca y caros. Eso ya es el colmo.

Qué será lo siguiente. ¿Después de los zapatos feos, vendrá, por ejemplo, la camiseta sucia? Perdón, el dirty shirt. Mucho más cool en inglés. Vamos por ese camino. Y he leído que se llevan también las axilas sin depilar. Vaya. Justo ahora que he terminado de hacerme el láser, resulta que vuelve el “Donde hay pelo hay alegría”. Pelillos en el sobaco, dirty shirt y ugly shoes. Menudo look. Menudas pintas. Un poco de glamour, por favor.

Si miro al futuro me entra el miedo. Y no me refiero al calentamiento global, a la quiebra del sistema de pensiones o a la falta de oportunidades laborales para mis hijos. Qué también. Pero ahora mismo estoy pensando en las discusiones con mis hijos sobre el tema de la ropa. Hasta hoy nos peleamos porque la niña quiere ir siempre (y siempre es incluyendo al bautizo de su hermana) vestida de Frozen y el chico con el equipamiento de fútbol. No me quiero imaginar la escena dentro de 12 años. Me dan ganas de ir tomando ya un valium.

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Para echar a correr

No me lo puedo creer. Tiene que ser una broma. El caso es que ya lo he visto en varios sitios. Es real.

Seguro que lo habéis visto también y no os lo habéis creído. Es muy fuerte: se han puesto de moda las zapatillas blancas. Sí, sí. Las de toda la vida. Pero no para llevarlas en plan sport. No, no. Lo último (o penúltimo) es ponérselas con ropa arreglada, dando así un toque informal al look. Sporty chic, lo llaman. O más bien, el chándal con zapatos de tacón de toda la vida, pero al revés.

Ahí están las imágenes. Vestidos glamourosos, faldas vaporosas, pantalones ideales, todo combinado con unas zapatillas blancas impolutas. ¡Pero si esas zapatillas las llevan mis hijos al cole! Con chándal eso sí. Y de impolutas tienen poco. Eso también.

En el fondo, debería estar encantada. ¡Es comodísimo! Adiós tacones, hola bambas. Ya sólo me queda convencer a jefes y compañeros de oficina. Hay que modernizar la empresa. ¡Empecemos por los pies!

Me pregunto a quién se le habrá ocurrido la idea. ¿Quién lanza estas tendencias? Debe ser un trabajo divertidísimo. Te puedes inventar mil cosas y la gente lo hace. Eso sí, un día te pilla de mal y humor y hala, ¡que se fastidien todas y se pongan sandalias de tacón de aguja con calcetines! Seguramente la idea de las zapatillas le vino a una diva de la moda con los pies llenos de juanetes viendo a sus hijos, tan cómodos, ir al cole vestidos como los míos. Y es que los niños son una fuente de inspiración. Oh no. Lo que me acaba de venir a le mente. No, por favor. Espero equivocarme. Que las tendencias no las marquen los críos. Porque entonces ya nos veo a todas vestidas de la princesa Elsa de Frozen. Glups. La de la foto, una it girl según dicen, va por ese camino.

Zapatillas blancas con vestido
Natalie Joos durante la última semana de la moda de Nueva York. http://www.vogue.es/moda/tendencias/galerias/tendencia-zapatillas-blancas-otono-invierno-2014/11423/image/921019

Paloma de la Vega

¿Alguien no conoce a Paloma de la Vega? Esa mujer cambió mi vida. Desde que la conocí, nada ha vuelto a ser igual.

Paloma me escribe todos los días. No descansa nunca. Es la amiga ideal: fiel, discreta y atenta. Ella es la encargada de anunciarme cada día qué puedo comprar en Internet con increíbles descuentos. Si no recibo su email diario, me preocupo, algo está pasando.

Si tengo un día malo en la oficina o en casa, voy a ver a Paloma. Si estoy contenta y feliz, también. Ella siempre tiene algo para mí. Me conoce, le he contado lo que me gusta y lo que no. Hago clic, clic, clic y ya está. Al cabo de unos días llaman a la puerta. Es Paloma.

A veces el paquete me sorprende. Se me olvida que le había pedido algo a mi amiga. Pero qué tía, no se le pasa ni una. En ocasiones, al sacar lo que me envía, pongo cara rara: “¿Esto lo he comprado yo?” o “¿Pero qué talla es esto?”. No debía de estar bien el día que lo encargué. Paloma se dio cuenta, pero, prudente ella, no quiso decir nada y cumplió mis deseos. A veces me enfado con Paloma, lo que me llega no es lo que pedí. Pero la mayoría de las veces me llevo una alegría.

No se lo he dicho a ella, pero tengo más amigos a parte de Paloma. Tienen nombre menos sugerentes, como Amazon, pero me tratan igual de bien. Lo sé, ella nunca lo haría. Pero es que los otros amigos también se portan muy bien. Y a veces Paloma no tiene de todo.

Me gusta comprar en pijama. Mirar una y otra vez las cosas sin que ninguna dependienta me mire raro. Comparar varios sitios a la vez. No dar explicaciones. Hacer clic y ya está.

Comprar por Internet engancha. Si no lo habéis probado no lo hagáis. Y así Paloma será sólo mía.

Obsolescencia programada

Lo dicho, esto no es lo que era. Mucha variedad, buenos precios, moda para todos… si, si, pero la calidad no es buena. En esta sociedad todo se consume rápido y luego pasamos a otra cosa.

Porque esos pantalones los compré en las rebajas de hace dos años. Me quedaban ceñiditos, pero bien. Como se llevan los pitillos. De pana negra, super cómodos para invierno. Iban con todo.

No fueron nada caros, un chollo. Los fabrican en países lejanos, a saber dónde, y los venden a buen precio. Y si encima los pillas en oferta, no te puedes ni debes resistir.

Ahora no tengo el cuerpo de hace dos inviernos, lo sé, pero tampoco es para tanto. Es que la calidad deja mucho que desear. Se notaban finitos.

Me los había puesto un par de veces en la última semana. Los notaba más apretados, pero no era para tanto. Podía respirar.Para ponerlos metía tripa y daba un saltito y ya está. Iba muy mona. Luego me dejaban un poco de marca, a la altura del botón. Pero los cerraba.

Por eso digo, que no soy yo, que es la calidad de la ropa. Que si se han roto al estirarlos para arriba no es que yo esté tremenda, no, es que los pantalones ya no daban más de sí. Es que la ropa ya no es lo que era.

Obsolescencia programada lo llaman.