De voltereta

Aún duele. Cuando estiro la pierna. Y cuando lo recuerdo. Entonces duele más.

No sé por qué lo hice. Fue una mezcla de muchos factores. El calor, la alegría, la cervecita.

Esa mañana me había visto guapa en el espejo. La cara descansada, la piel algo morena. Me sentía bien.

Brillaba el sol. Estábamos todos muy animados.

Y entonces lo hice.

Hice una voltereta lateral.

Mis hijos estaban dando saltos, tratando de hacer el pino. Y entonces lo recordé. Yo hacía muy bien la voltereta lateral. Levantaba muy bien las piernas. Sabía hacer eso y tocarme la cabeza con los pies. Menos mal que no intenté hacer lo segundo.

Me vine arriba. Tampoco había pasado tanto tiempo. El cuerpo tiene memoria, dicen. Y tampoco es tan complicado.

“Venga. Apartaos. Mamá os va a enseñar una cosa muy guay. Vais a ver. Mamá sabe hacer súper bien la voltereta lateral”. Gritos de júbilo de mis hijos, risa sarcástica de mi marido. Ya no había vuelta atrás. Había que hacerla.

Y allá que fui. Me esforcé en levantar bien las piernas, en lanzarlas con fuerza.

Noté el dolor cuando la pierna estaba en aire. Un tirón fuerte. Un músculo que llevaba años dormido despertó de golpe. La voltereta quedó bien, todo hay que decirlo. A mis hijos les encantó y pidieron más. “No. Ahora vosotros”.

Mi marido hizo un comentario. Ni contesté.

De vuelta a casa ya no me vi tan guapa en el espejo.

Debí calentar. Ese fue el fallo.

Además, para qué sirve una voltereta lateral. Para nada.

Anuncios

Enchufada.

Todavía me duele todo. Fui el lunes. Hoy, jueves, vuelvo. A ver cómo me levanto de la cama mañana.

En cuanto lo vi, pensé “Esto es para mí”. Dicen que veinte minutos equivalen a tres horas de gimnasio. ¡Tres horas! Y esta semana voy a ir dos veces. ¡Qué tiemblen los ángeles de Victoria Secret!

Reconozco que no me gusta. Porque agradable no es. Te ponen el chaleco ese lleno de cables. Nada favorecedor, bastante ortopédico. Mojado, para más inri. Para que pase mejor la corriente, supongo. Ni lo he preguntado. Te enchufan, y empiezas a hacer sentadillas, abdominales y lo que te manden. Veinte minutos intensos. A mí se me hacen eternos. Mucha gente se piensa que te tumbas a leer una revista o a ver la tele mientras el chaleco te pone en forma, como en aquellos anuncios de la teletienda. No, no. Aquí se trabaja. Sufres al intentar levantar la pierna mientras te viene una descarga. Sudas. La fama cuesta.

Al principio me daba miedo. Estaba pendiente de si olía a chamusquina. Me preocupaba soltar una descarga a mis hijos al llegar a casa. Me quitaba el reloj por si las moscas. No quería beber mucha agua, a pesar de que te lo recomiendan. Pero por ahora no me ha pasado nada raro. No noto nada especial. Siempre he tenido el pelo un poco encrespado, eso no se lo puedo achacar a la electroestimulación.

Veinte minutos. Ésa es la ventaja. Por lo demás, no me gusta. Tampoco es barato. Claro, con lo cara que está la electricidad. Eso sí, parece que da resultados. En pocas sesiones, me noto mejor. Más firme.

Supongo que la tecnología irá evolucionando. En unos años, tal vez lo hagan más agradable o aún más corto. Pero a mí me gustaría dejarlo y hacer otra cosa. Algo para disfrutar. Recuerdo que cuando iba  aerobic me lo pasaba bomba con las coreografías. También me encantaría jugar todas las semanas al tenis o a paddel. Pero para esto se necesita tiempo. Y yo de eso no tengo. Así que, por ahora, me fastidio. Y me enchufo.

No es lo mío

Las dos y cuarto. Vamos a llegar tarde. Estoy esperando a Mar. Me manda un mensaje: “Ya. Bajamos”. Salgo pitando hacia el ascensor. Tengo que terminar de escribir un documento, pero lo haré después. Estoy abajo. “Corre que es tarde”.

Resulta que el sitio está más lejos de lo que pensaba y, aunque sólo llevo un poco de tacón, me cuesta andar rápido. “Es aquí. Ya verás que guay es la profe. Te va a encantar”. Mi amiga me lleva repitiendo lo mismo toda la semana, así que ya puede ser verdad.

El sitio es un poco cutre pero no me da tiempo ni a comentarlo. “Venga que empieza ya”. Nos cambiamos a toda velocidad. Para cuando llegamos a la sala, la clase ya ha comenzado. Las demás chicas están tumbadas en el suelo con los ojos cerrados. La profe parece en trance.

Busco un sitio y coloco la esterilla. Me tumbo y cierro los ojos. “Haced una respiración completa e id trayendo vuestra mente a la clase”. Puf, se ha pasado con el incienso. Oigo que mi corazón late más rápido de lo normal, es porque hemos corrido. Ahora traigo mi mente a la clase y se me pasa. Oh no. No puede ser. Abro los ojos de golpe. Tenía que haber mandado un email y se me ha olvidado. Mierda. No sé si eso lo he dicho en alto. No, parece que no, que sólo he gritado mentalmente. Bueno, da igual. Ahora a ver si me relajo. Vuelvo a tomar la posición de relajación. “Tomad conciencia de vuestro cuerpo”. En cuanto vuelva a la oficina escribo el correo. Espero terminar el documento ese hoy. “Inspirad y expirad en cuatro tiempos”. Abro los ojos. A ver si conozco a alguien. Con estas pintas no reconozco a nadie. Anda que para pintas las mías, me he traído lo más viejo que tenía. Dí que el sitio este no es muy glamouroso tampoco. Todo el mundo está muy concentrado. Todo el mundo, menos yo. Venga, dejo de mirar . “Sentid el aire entrar y salir”. Mañana el niño tiene piscina. Y que no se me olvide comprar plátanos. Y pagar a la chica. Si tuviera papel y boli haría una lista, que luego se me olvidan las tareas. Qué de cosas, y yo aquí tumbada, respirando. ¿Cuánto tiempo llevamos así? Miro el reloj. Qué lento es esto.

“Vamos a tomar la posición de no sé qué”. No entiendo lo que dice la profe, pero como todo el mundo se mueve, yo hago lo mismo. Por fin algo de movimiento. No entiendo los nombres de las posiciones, pero yo voy haciendo lo que puedo. Así estoy más entretenida. En los descansitos entre posturas, repaso mentalmente la maleta que tengo que preparar para el finde y lo que falta en la nevera. Al cabo de un rato, parece que me relajo. Más bien me entra el sueño. Será el colocón de incienso. Bostezo. En los estiramientos casi me quedo dormida.

Termina la sesión. Mar se me acerca. Se la ve encantada. “¿A qué te sientes como nueva?”. Si, mucho. Necesito un café y ponerme las pilas ya, que me he dado cuenta de que tengo la tira de cosas por hacer. Qué agobio.

Conclusión: está visto que el yoga no es lo mío. Otro día pruebo la electroestimulación.