Señora

La primera vez que alguien me llamó así, yo tenía unos 25 años. Fue un niño. Me quedé petrificada. Estuve a punto de responder una barbaridad. ¿Señora? ¿ Yo? ¿Pero tú de que vas, chaval? Él pobre sólo pretendería ser educado, pero como me dolió. Qué cruel es la juventud a veces. Le perdono porque no era consciente de lo que decía.

Venga, los niños no se dan cuenta. Pero ¿y la cajera del súper del otro día ? ¡Si yo tenía su edad hace nada! Lo hizo por fastidiar, seguro. Cabrita. ¿Y la camarera del sitio aquél? Si aparentaba diez años más que yo. Me fastidió la comida. Mala persona.

Soy chica, soy joven, soy mujer… Anda que no hay palabras. O, ante la duda, que me no me digan nada. La próxima vez que me llamen así no contestaré. No pienso darme por aludida. Si es que estoy hecha una chavala.

De boda.

En doce días tengo un nuevo reto, así que empieza la “Operación boda”. Se casa una amiga de la universidad y quiero estar bien. No espero deslumbrar, pero sí hacer un papel digno. Así que ya puedo espabilar.

Seguro que si yo fuera hombre, este post sería muy corto: “Me pondré el traje de las bodas y la corbata que me diga Teresa”. Pero he nacido mujer. Y tengo muchas dudas. Algunas existenciales

El vestido. Aquí no tengo nada que pensar. Todavía estoy muy lejos de mi peso de antes del tercer embarazo, y a años luz del objetivo de la operación pibón. El vestido lo tengo y sólo espero que me quepa. Todavía no me lo he probado. Pero yo creo que sí. Más me vale. En cuanto acabe de escribir esto me lo pruebo. Como no entre me oiréis llorar. ¿Cuántos kilos se podrán perder en doce días sin desmayarse de hambre?

Los zapatos. Unos que tengo y que ya he sacado del armario. Sólo con verlos me hacen daño. Eso sí, son preciosos y costaron una pasta. Me llevaré bailarinas para dar el cambiazo en cuanto pueda, porque alguna vez me he quedado descalza y es un horror.

Medias. Mi gran duda. Medias sí o medias no. Todas las it girls lo dicen: no te pongas medias, queda mucho mejor con la pierna al natural. Claro que seguro que no se refieren a mis piernas al natural. Yo soy bastante blanca, pero es que mis piernas creo que no tienen melanina. Y tampoco las veo en su mejor momento en cuanto a forma se refiere. Vamos, que “al natural” no puedo ir. Pero seguro que el autobronceador no se considera “artificial”. Lo único que nunca consigo echármelo bien.  Además está el frío que voy a pasar. Enfín, que no seré nunca it girl. Porque a mí me gustan las medias: dan color a las piernas, protegen algo del frío y estilizan. Y para esto último están las famosas medias “faja”. Qué gran invento y qué tortura a la vez. Una vez me puse unas para una boda y lo pasé fatal: con el paso de las horas me fui hinchando por la comida y perdiendo facultades por las copas, así que cada vez que iba al baño se me hacía más difícil recolocarme las puñeteras medias. Me las tuve que doblar para que no me aplastaran la barriga y al final, así dobladas, me hacían más tripa que la que tenía. Claro está, que a esas horas ya nadie se podía fijar en nada y que la imagen que quedó de mí fue la estilizada. Tal vez me ponga medias para la ceremonia y las fotos y me las quite junto con los zapatos.

El peinado. Para el pelo necesito un tocado. Si lo piensas en frío, lo del tocado es algo ridículo. Pero en las bodas queda fenomenal. Yo antes nunca me los ponía, me daba vergüenza. Ahora me encantan. Cuanto más pluma o más adorno, mejor. Todavía no he mirado ninguno, pero como tengo unos cuantos en casa, no me preocupa.

Otros: me quiero hacer la manicura en plan bien. A ver si lo consigo. Espero que me dé tiempo a ponerme todas mis mascarillas en el pelo y en la cara antes de la boda. Para estar radiante. Con el bolso tengo dudas. Es que encima hay que ir con bolso pequeño y estoy acostumbrada a ir con la casa a cuestas. Luego no me cabe nada. Y luego maquillaje, joyas,… puf, que de cosas en las que pensar.

Qué poco queda. Últimamente me había tocado ir a las bodas embarazada. Qué experiencia. Qué horror. Tú ahí, con tu tocado, tu bombo y tu vestido premamá de fiesta, viendo como la gente a tu alrededor se va poniendo ciega de copas y de jamón. Y, a medida que pasan las horas, vas viendo como todos (incluída gente de cierta edad) van perdiendo la compostura. Al final, harta de que se te acerque la peña a darte conversación de borracho y a tocarte la tripa con sus manos sucias, decides irte dignamente. En una ocasión, cuando me estaba despidiendo, una amiga me tiró su copa encima. Recuerdo subirme al taxi con mi barriga y un olor a whiskazo tremendo. El señor taxista no dijo nada, pero me miraba una y otra vez por el retrovisor. Le dejé pensar lo que quisiera, no estaba de humor para dar explicaciones.

Doce días. Tengo ganas. Estaremos las amigas. Bueno, lo confieso: en el fondo, lo que más me apetece de irme el fin de semana de boda es dormir en el hotel. Es que encima voy sola, sin marido. Es decir: tengo una cama grande, un baño y una habitación con la puerta cerrada para mí. Estoy por irme ya. ¡Vivan los novios!

Terapia rosa

Jueves. Llegas a casa cansada. Está siendo una semana horrible. Hoy vuelves a llegar tarde. ¿Dónde quedó el propósito de irte a tu hora?

Son casi las ocho. La chica está a punto de irse. A ver si te da tiempo a quitarte el traje y a ponerte cómoda, que si no los niños te van a poder la ropa perdida. Ya estás. Qué de ruido hacen, con lo que te duele la cabeza. Hablan a la vez: te lo quieren contar todo y no te enteras de nada. Venga, anímate. Sólo pasas esa hora al día con ellos, hay que disfrutarla.

Ya está. Han cenado, se han lavado los dientes y ahora duermen. La casa no está recogida pero da igual. Llevas imaginándote este momento desde que, a mediodía, pasaste delante del quiosco y te compraste la revista.

Sacas tu tesoro del bolso. Vas a la nevera. Coges un helado. Te tumbas en sofá. Empiezas a analizar las fotos. Qué guapa va siempre ésta. Buscas los Aarg. Sonríes. Te relajas. Ya estás mejor. Después de un día entero leyendo sobre regulación bancaria, por fin algo estimulante. Qué bonito vestido éste, que horror aquel. Pones verde mentalmente a alguna famosa. Con el dinero que tiene, y mira como va. Si es que hay gente que no tiene clase. Lo analizas en detalle, lo estudias.  Ya te acabaste el helado, que bien te ha sabido.

Terminas tu lectura. Ha sido un ratito para ti. Una tontería. Pero algo que necesitabas. Te vas a la cama contenta. Si es que, en el fondo, las mujeres somos muy simples.

Quiero ser Risto Mejide

Mientras te escucho lo pienso una y otra vez. Quiero ser Risto Mejide. Pero no el Risto de ahora. No estoy pensando en el que hace entrevistas sinceras, recibe premios por sus libros, y escribe textos llenos de verdad y sentimiento. No. Eso también me da envidia, pero no es lo que necesito en este momento. Ahora necesito al Risto juez de Operación Triunfo. Porque quiero decirte lo que pienso de ti y de lo que me cuentas.

Quiero ponerme las gafas oscuras y soltarlo todo. De una vez. Del tirón. Sin filtros. Quedarme a gusto sin mala conciencia. Sin miedo a herir. Porque tú tampoco tienes cuidado conmigo. No me vas a dar pena como alguno de esos chavales que intentaban cantar. Quiero ser Risto Mejide para que sepas que no soy idiota, que sé que me estás mintiendo.Te quiero decir que eres un producto malo, que no te quiero ni regalado. Que no sé quién te ha puesto ahí, pero que te quiero fuera. Que me aburres. Por cierto, vistes fatal.

No te lo digo ahora porque no puedo. Tengo que aguantarte un poco más. Pero espera. Que la vida da muchas vueltas. Ahora eres una piedra en mi camino. O el gusanillo que está debajo de la piedra (Dos piedras). Pero te voy a saltar. Y ahí te vas a quedar.

Dramas Animados

Desde que soy madre no veo las cosas de la misma manera, eso está claro.

En concreto, me pasa con las películas de dibujos animados. No me había fijado antes, pero algunas esconden verdaderos dramas. Violencia incluso. Pongamos por ejemplo la película Nemo. Qué bonita. Las aventuras y desventuras de un pececillo en busca de su hijo. Qué divertida. ¿Pero cómo empieza? Con un pez gigante que se traga a la madre de Nemo y a todos sus hermanitos y hermanitas. Glups. ¿Es que no había otra manera de empezar? Bastaba con que la madre se hubiera ido de viaje a visitar a un familiar y la historia podía ser la misma.

Luego está El Rey León. Su canción, Hakuna Matata (“No te angusties”), ya te va preparando. Venga, vale, no me angustio pero ¿De verdad era necesario que el padre muriera de una forma tan cruel? ¿ Necesitábamos verlo de esa manera? Cada vez que ve que me acuerdo de esa escena se me pone mal cuerpo.

Por supuesto, la peli estrella del momento, Frozen, también tiene su parte de drama. Se van los padres de viaje en un barco y, zas, una tormenta acaba con ellos. Por lo menos, no se recrean en el momento y la escenita sólo dura unos segundos. ¿Pero qué necesidad había? Qué manía con que los personajes de estas películas sean huérfanos.

Cada vez que llega una de estas escenas, le doy al mando para pasarla rápido. Lo malo es que mis hijos se la saben y me saltan. “¿Por qué pasas rápido cuando se muere el león?”. Vaya. Me hago la loca. Tal vez sea mejor no hacer nada y seguir viendo la escena como si tal cosa. Pero no puedo. Otra técnica es aprovechar ese momento para preguntar a los niños qué tal en el cole o con su amigo fulanito. Pero claro, ni me contestan: están hipnotizados viendo al padre del Rey León muriendo aplastado debajo de una manada de ñus. A veces son ellos los que me preguntan: mi hija de tres años me dijo el otro día “¿Dónde está la mamá de Frozen? ¿Y su papá?”. A ver qué me invento. Pues que está de viaje en una isla. Qué voy a decir.

Aunque es verdad que los críos luego se lo toman todo con mucha naturalidad. No sé qué es mejor. Por un lado me da miedo que les de miedo. Por otro, puede que le esté dando demasiada importancia a algo sencillo. No lo he consultado. Seguro que si miro en Internet hay opiniones para todos los gustos.

Por eso a mí me gusta por ejemplo la peli Monstruos SA. Todo es alegría, no hay nada que ocultar.  La de Bichos también le encanta a mi hija. Al final, con toda la manía que les he cogido después de verlas un millón de veces, tengo que reconocer que Cars y Aviones son buenas opciones. Aunque ahora que lo pienso, en Cars un par de coches buenos acaban destrozados por los malos. Retiro lo dicho, Cars tampoco vale.

Pero qué complicado es ser madre (o padre): hasta una cosa tan sencilla como ver una película de dibujos te supone un dilema. ¿O soy yo que me como demasiado el coco?

Corre

Corre. Corre que no llegamos. Venga, que vamos a perder el autobús. Tú también, date prisa. Te he dicho que te des prisa. Deja eso en casa. Venga, vamos. Al ascensor. Todos los días igual, corriendo. Vamos, que el autobús se va a ir sin ti. Por favorrrrrrrrr. ¿Cómo te lo tengo que decir? Ya está, venga, al bus.

Venga, ahora tú. ¿Vienes? ¿Qué haces ahí parada? Ya te pongo yo el guante. Ya. Corre. Si, ya he visto que es de día pero que todavía se ve la luna. ¿No ves que mamá tiene prisa? Sí, también he visto el avión en el cielo. Deja ya esa cosa del suelo y ven. Anda más rápido. No, no tengo tiempo de jugar a pisar las sombras. Venga, por favor. Que no llegamos. Con la de cosas que tengo que hacer. Puf. Qué horror. Venga, vamos. Ya estamos. Adiós adiós. Me voy pitando. Y por la tarde más de lo mismo. Corre. Venga, date prisa, no hay tiempo, que no llegamos. No te distraigas. Llegamos tarde.

Ya está. Lo hemos hecho todo. Un día más. Misión cumplida: hemos llegado a tiempo. Sí, pero de qué manera. Con prisas, corriendo de un lado para otro, y sin pararnos a mirar la luna. Con lo bonita que estaba.

El vaso medio lleno

Yo debo ser una optimista nata. No lo puedo evitar, nací así. Es que me gusta ver el vaso medio lleno. Las personas positivas como yo tenemos que tener mucho cuidado: los aguafiestas siempre nos rondan para recordarnos el lado oscuro de las cosas. Pero yo paso. No entiendo a esa gente que sólo se queda con lo malo. A mi me gusta la alegría. Vivir la vida, disfrutar de lo que me ofrece.

Con los años he aprendido que, muchas veces, las cosas malas que nos pasan o nos asustan, en el fondo esconden algo positivo. El “no hay mal que por bien no venga” de toda la vida, vamos. Y hay que saber adaptarse. “Si la vida da limones, haz limonada”. Las crisis están llenas de oportunidades, dicen. Pues sí, estoy de acuerdo. Y es clave estar muy atentos para cazarlas.

Sin ir más lejos, os pongo un ejemplo claro. No puedo estar más orgullosa del abrigo ese tan bonito que me he comprado en las rebajas. No dejo de pensar que me he ahorrado el cincuenta por ciento. Mi marido, cenizo él, sólo me habla del otro cincuenta que me he gastado. Pero no me va a comer la moral: quedan pocos días de rebajas y todavía quedan ofertas buenísimas. ¡Más limonada!