¿ Nuevo dress code para la oficina?

Dress code para la oficina. Es el asunto del correo. Pincho sin dudarlo. Ya que tengo que volver al trabajo, que sea con glamour.

En estas cosas siempre salen modelitos imposibles. Me espero locuras: transparencias, escotes o estampados atrevidos. Muy divertido y nada ponible. Pero le doy al enlace, que hay que estar al día de las tendencias.

Vaya. Esto si que no me lo esperaba.

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Dress code para la Oficina. Mango.

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Pues si. Se ve que este año se lleva lo recatado. Nada de excesos. El cuello bien alto. La falda por debajo de la rodilla. Los zapatos planos y puntiagudos. Los colores oscuros. “Que me valoren por lo que soy, no por mi cuerpo.” quiere gritar la modelo.

Hombre, no sé. Me parece demasiado. No es que yo pretenda ir en plan rompedora por la oficina, pero digo yo que se podrá ir un poco alegre. O por lo menos favorecida. Que a las bajitas esas faldas nos quedan fatal. Y con esos zapatos ya ni te cuento.

¿Pero qué tipo de dress code es éste? Si casi valdría para algún convento. Dí que en mi oficina alguna lleva años con este tipo de looks. Ahora resulta que es toda una it girl.

Se han pasado. Menudo panorama. Vuelta al curro, y con ropa aburrida. Qué bajón. Paso de la moda. Borro el correo.

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Como una niña con zapatos feos

Zapatos feos. Pues sí. Es que se llaman así. Bueno, lo dicen en inglés, que parece que queda mejor. Ugly shoes. Y es que son feos de verdad. Horrorosos.

http://www.fashionmagazine.com/spring-fashion-2014/ugly-shoes-trend/
http://www.fashionmagazine.com/spring-fashion-2014/ugly-shoes-trend/

Parece ser que es lo último. La última vuelta de tuerca. Parece ser también que son cómodos. Sólo faltaba. Algunos incluso son de marca y caros. Eso ya es el colmo.

Qué será lo siguiente. ¿Después de los zapatos feos, vendrá, por ejemplo, la camiseta sucia? Perdón, el dirty shirt. Mucho más cool en inglés. Vamos por ese camino. Y he leído que se llevan también las axilas sin depilar. Vaya. Justo ahora que he terminado de hacerme el láser, resulta que vuelve el “Donde hay pelo hay alegría”. Pelillos en el sobaco, dirty shirt y ugly shoes. Menudo look. Menudas pintas. Un poco de glamour, por favor.

Si miro al futuro me entra el miedo. Y no me refiero al calentamiento global, a la quiebra del sistema de pensiones o a la falta de oportunidades laborales para mis hijos. Qué también. Pero ahora mismo estoy pensando en las discusiones con mis hijos sobre el tema de la ropa. Hasta hoy nos peleamos porque la niña quiere ir siempre (y siempre es incluyendo al bautizo de su hermana) vestida de Frozen y el chico con el equipamiento de fútbol. No me quiero imaginar la escena dentro de 12 años. Me dan ganas de ir tomando ya un valium.

Para echar a correr

No me lo puedo creer. Tiene que ser una broma. El caso es que ya lo he visto en varios sitios. Es real.

Seguro que lo habéis visto también y no os lo habéis creído. Es muy fuerte: se han puesto de moda las zapatillas blancas. Sí, sí. Las de toda la vida. Pero no para llevarlas en plan sport. No, no. Lo último (o penúltimo) es ponérselas con ropa arreglada, dando así un toque informal al look. Sporty chic, lo llaman. O más bien, el chándal con zapatos de tacón de toda la vida, pero al revés.

Ahí están las imágenes. Vestidos glamourosos, faldas vaporosas, pantalones ideales, todo combinado con unas zapatillas blancas impolutas. ¡Pero si esas zapatillas las llevan mis hijos al cole! Con chándal eso sí. Y de impolutas tienen poco. Eso también.

En el fondo, debería estar encantada. ¡Es comodísimo! Adiós tacones, hola bambas. Ya sólo me queda convencer a jefes y compañeros de oficina. Hay que modernizar la empresa. ¡Empecemos por los pies!

Me pregunto a quién se le habrá ocurrido la idea. ¿Quién lanza estas tendencias? Debe ser un trabajo divertidísimo. Te puedes inventar mil cosas y la gente lo hace. Eso sí, un día te pilla de mal y humor y hala, ¡que se fastidien todas y se pongan sandalias de tacón de aguja con calcetines! Seguramente la idea de las zapatillas le vino a una diva de la moda con los pies llenos de juanetes viendo a sus hijos, tan cómodos, ir al cole vestidos como los míos. Y es que los niños son una fuente de inspiración. Oh no. Lo que me acaba de venir a le mente. No, por favor. Espero equivocarme. Que las tendencias no las marquen los críos. Porque entonces ya nos veo a todas vestidas de la princesa Elsa de Frozen. Glups. La de la foto, una it girl según dicen, va por ese camino.

Zapatillas blancas con vestido
Natalie Joos durante la última semana de la moda de Nueva York. http://www.vogue.es/moda/tendencias/galerias/tendencia-zapatillas-blancas-otono-invierno-2014/11423/image/921019

De boda.

En doce días tengo un nuevo reto, así que empieza la “Operación boda”. Se casa una amiga de la universidad y quiero estar bien. No espero deslumbrar, pero sí hacer un papel digno. Así que ya puedo espabilar.

Seguro que si yo fuera hombre, este post sería muy corto: “Me pondré el traje de las bodas y la corbata que me diga Teresa”. Pero he nacido mujer. Y tengo muchas dudas. Algunas existenciales

El vestido. Aquí no tengo nada que pensar. Todavía estoy muy lejos de mi peso de antes del tercer embarazo, y a años luz del objetivo de la operación pibón. El vestido lo tengo y sólo espero que me quepa. Todavía no me lo he probado. Pero yo creo que sí. Más me vale. En cuanto acabe de escribir esto me lo pruebo. Como no entre me oiréis llorar. ¿Cuántos kilos se podrán perder en doce días sin desmayarse de hambre?

Los zapatos. Unos que tengo y que ya he sacado del armario. Sólo con verlos me hacen daño. Eso sí, son preciosos y costaron una pasta. Me llevaré bailarinas para dar el cambiazo en cuanto pueda, porque alguna vez me he quedado descalza y es un horror.

Medias. Mi gran duda. Medias sí o medias no. Todas las it girls lo dicen: no te pongas medias, queda mucho mejor con la pierna al natural. Claro que seguro que no se refieren a mis piernas al natural. Yo soy bastante blanca, pero es que mis piernas creo que no tienen melanina. Y tampoco las veo en su mejor momento en cuanto a forma se refiere. Vamos, que “al natural” no puedo ir. Pero seguro que el autobronceador no se considera “artificial”. Lo único que nunca consigo echármelo bien.  Además está el frío que voy a pasar. Enfín, que no seré nunca it girl. Porque a mí me gustan las medias: dan color a las piernas, protegen algo del frío y estilizan. Y para esto último están las famosas medias “faja”. Qué gran invento y qué tortura a la vez. Una vez me puse unas para una boda y lo pasé fatal: con el paso de las horas me fui hinchando por la comida y perdiendo facultades por las copas, así que cada vez que iba al baño se me hacía más difícil recolocarme las puñeteras medias. Me las tuve que doblar para que no me aplastaran la barriga y al final, así dobladas, me hacían más tripa que la que tenía. Claro está, que a esas horas ya nadie se podía fijar en nada y que la imagen que quedó de mí fue la estilizada. Tal vez me ponga medias para la ceremonia y las fotos y me las quite junto con los zapatos.

El peinado. Para el pelo necesito un tocado. Si lo piensas en frío, lo del tocado es algo ridículo. Pero en las bodas queda fenomenal. Yo antes nunca me los ponía, me daba vergüenza. Ahora me encantan. Cuanto más pluma o más adorno, mejor. Todavía no he mirado ninguno, pero como tengo unos cuantos en casa, no me preocupa.

Otros: me quiero hacer la manicura en plan bien. A ver si lo consigo. Espero que me dé tiempo a ponerme todas mis mascarillas en el pelo y en la cara antes de la boda. Para estar radiante. Con el bolso tengo dudas. Es que encima hay que ir con bolso pequeño y estoy acostumbrada a ir con la casa a cuestas. Luego no me cabe nada. Y luego maquillaje, joyas,… puf, que de cosas en las que pensar.

Qué poco queda. Últimamente me había tocado ir a las bodas embarazada. Qué experiencia. Qué horror. Tú ahí, con tu tocado, tu bombo y tu vestido premamá de fiesta, viendo como la gente a tu alrededor se va poniendo ciega de copas y de jamón. Y, a medida que pasan las horas, vas viendo como todos (incluída gente de cierta edad) van perdiendo la compostura. Al final, harta de que se te acerque la peña a darte conversación de borracho y a tocarte la tripa con sus manos sucias, decides irte dignamente. En una ocasión, cuando me estaba despidiendo, una amiga me tiró su copa encima. Recuerdo subirme al taxi con mi barriga y un olor a whiskazo tremendo. El señor taxista no dijo nada, pero me miraba una y otra vez por el retrovisor. Le dejé pensar lo que quisiera, no estaba de humor para dar explicaciones.

Doce días. Tengo ganas. Estaremos las amigas. Bueno, lo confieso: en el fondo, lo que más me apetece de irme el fin de semana de boda es dormir en el hotel. Es que encima voy sola, sin marido. Es decir: tengo una cama grande, un baño y una habitación con la puerta cerrada para mí. Estoy por irme ya. ¡Vivan los novios!

Look “Working Girl”

Abro la revista. La portada promete darme las claves del perfecto look de oficina. Dicho con más glamour, me ayudará a “hacer de la semana mi propia pasarela”. Qué bien suena, eso es precisamente lo que necesito.

Busco el artículo dispuesta a aprender. El primer modelito lleva por titular “Perfecta de la mañana a la noche”. Lo lleva una modelo veinte centímetros más alta que yo y con diez kilos menos. No he visto a nadie con ese tipazo en la oficina pero bueno, la carrera de modelo es corta, estas chicas se ponen a estudiar y nunca se sabe, acaban trabajando delante de un ordenador como todo hijo de vecino. El look consiste en un traje de chaqueta con corte masculino y una camisa blanca impoluta. Algo sencillo. La camisa blanca es un clásico. Yo también tengo una, pero no sé por qué creo que no me queda igual que a la modelo. Será que la mía nunca ha estado tan planchada. O que es menos blanca. Como complementos, un bolso carísimo y unos tacones de unos doce centímetros, que estilizan mucho. Yo con eso no puedo andar, no llego ni al ascensor de mi casa. Los puedo llevar en el bolso y ponérmelos en la oficina pero en cuanto dé tres pasos la gente notará algo raro. Atraeré todas las miradas, eso sí. Primero, notarán que de repente he crecido, y segundo, está claro que acabaré en el suelo. Me los puedo poner sólo para estar sentada. Pero entonces no me van a estilizar nada. En resumen, me quedo con la tarea de planchar mejor y blanquear mi camisa.

El segundo look se llama “Armas de mujer”. Y qué armas. Menudo escote lleva la susodicha. Me imagino a mí misma enseñando el canalillo en la oficina mientras reviso la rentabilidad de un producto con un compañero. Me parto de risa. Está claro que si llevo eso me hago “trending topic” en la empresa en un momento. Eso sí, es un look ideal para no irse sola a casa tras el afterwork. Pero yo no busco líos, y menos en la oficina.

Paso rápido al tercer modelo. No sé ni qué titular lleva. Sólo puedo fijarme en las transparencias. Se le ve todo el sujetador a la pobre chica. ¿Pero dónde trabajan estas mujeres? Vale que mi oficina es un poco gris, lo admito, pero no sé yo si enseñarlo todo ayuda al buen clima laboral. Lo mismo sí. Habrá que avisar al sindicato.

La mayoría del resto de looks tampoco me sirven mucho. Empiezo a pensar que soy una sosa. Pero es que no pienso ir vestida de pies a cabeza de leopardo. Y no, tampoco voy a ponerme mocasines con calcetines. No puedo llevar sudaderas y lo de los pantalones de cuero tampoco lo veo. Alguna modelo va enjoyada de arriba abajo. No creo que sea buena idea ir así en el metro. De todas formas, si yo tuviera el dinero para comprarme la ropa que llevan estas chicas no necesitaría trabajar.

Al final, saco alguna idea: un bolso, un pantalón, un vestidito y un zapato plano. Mi estilo de siempre, vamos. Y claro, lo tendré que buscar en versión low cost. No sé con esto voy a aportar mucho glamour a la pasarela de mi semana. Pero me he reído un rato. De eso se trata.

Obsolescencia programada

Lo dicho, esto no es lo que era. Mucha variedad, buenos precios, moda para todos… si, si, pero la calidad no es buena. En esta sociedad todo se consume rápido y luego pasamos a otra cosa.

Porque esos pantalones los compré en las rebajas de hace dos años. Me quedaban ceñiditos, pero bien. Como se llevan los pitillos. De pana negra, super cómodos para invierno. Iban con todo.

No fueron nada caros, un chollo. Los fabrican en países lejanos, a saber dónde, y los venden a buen precio. Y si encima los pillas en oferta, no te puedes ni debes resistir.

Ahora no tengo el cuerpo de hace dos inviernos, lo sé, pero tampoco es para tanto. Es que la calidad deja mucho que desear. Se notaban finitos.

Me los había puesto un par de veces en la última semana. Los notaba más apretados, pero no era para tanto. Podía respirar.Para ponerlos metía tripa y daba un saltito y ya está. Iba muy mona. Luego me dejaban un poco de marca, a la altura del botón. Pero los cerraba.

Por eso digo, que no soy yo, que es la calidad de la ropa. Que si se han roto al estirarlos para arriba no es que yo esté tremenda, no, es que los pantalones ya no daban más de sí. Es que la ropa ya no es lo que era.

Obsolescencia programada lo llaman.