¿ Nuevo dress code para la oficina?

Dress code para la oficina. Es el asunto del correo. Pincho sin dudarlo. Ya que tengo que volver al trabajo, que sea con glamour.

En estas cosas siempre salen modelitos imposibles. Me espero locuras: transparencias, escotes o estampados atrevidos. Muy divertido y nada ponible. Pero le doy al enlace, que hay que estar al día de las tendencias.

Vaya. Esto si que no me lo esperaba.

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Dress code para la Oficina. Mango.

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Pues si. Se ve que este año se lleva lo recatado. Nada de excesos. El cuello bien alto. La falda por debajo de la rodilla. Los zapatos planos y puntiagudos. Los colores oscuros. “Que me valoren por lo que soy, no por mi cuerpo.” quiere gritar la modelo.

Hombre, no sé. Me parece demasiado. No es que yo pretenda ir en plan rompedora por la oficina, pero digo yo que se podrá ir un poco alegre. O por lo menos favorecida. Que a las bajitas esas faldas nos quedan fatal. Y con esos zapatos ya ni te cuento.

¿Pero qué tipo de dress code es éste? Si casi valdría para algún convento. Dí que en mi oficina alguna lleva años con este tipo de looks. Ahora resulta que es toda una it girl.

Se han pasado. Menudo panorama. Vuelta al curro, y con ropa aburrida. Qué bajón. Paso de la moda. Borro el correo.

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El lado positivo de la burocracia: he leído Nosotras que lo quisimos todo

No hay nada como un par de trámites administrativos para avanzar en las lecturas pendientes.

Me tocó ir a Tráfico por líos varios. Llegué puntual a mi cita con el papeleo con el libro en el bolso. La pantallita que anunciaba los turnos me confirmó enseguida que todo iba con retraso. Si lo piensas, en un mundo en permanente transformación, donde todo va tan rápido, saber que la Administración sigue a su ritmo pausado tiene un aspecto reconfortante. Sin inmutarme, busqué el hueco menos inconfortable de la sala y me puse a leer. No era un sitio especialmente agradable: la silla era incómoda, olía un poco mal, pero al menos yo sabía que nadie vendría a interrumpirme. El caso es que avancé bastante hasta que llegó mi turno. El funcionario fue muy atento. Tan atento, tan atento que debió darse cuenta de que yo tenía mucha lectura atrasada y me volvió a citar para el día siguiente. Intuición. Sentido y sensibilidad. Llámenlo como quieran, pero no me nieguen que algún don tiene esta gente. La excusa que puso el señor fue que me faltaba un papel, pero yo supe enseguida que el supo nada más verme que yo necesitaba más tiempo para leer. Le dí las gracias y repetí la jugada al día siguiente. Está claro: la burocracia hace más por la lectura que cualquier reforma educativa.

El caso es que entre mis dos visitas a Tráfico y algo de tiempo arañado al sueño estos días, he terminado Nosotras que lo quisimos todo, de Sonsoles Ónega. La verdad es que se lee bastante rápido, sobre todo si vives en tus carnes la estafa del siglo, y no me refiero al caso Madoff. Sospecho que a mi marido, por ejemplo, le costaría más avanzar. Probablemente lo dejaría al pensar que la protagonista se come demasiado la cabeza por algo tan sencillo de resolver.

El libro habla de nosotras, las grandes estafadas, o más bien las que nos hemos dejado timar. Porque, tal y como está diseñada nuestra sociedad, había que ser bastante ingenua para tragarse eso de que el trabajo fuera del hogar iba a suponer una gran liberación para la mujer. El libro habla también de ellos, de su manera de ver (o, en el caso de algunos, de no ver) nuestro dilema cotidiano. Ellos son los maridos, los jefes. Ellos a vecen son otras mujeres.

El libro nace de eso que entra en ti en el mismo momento en el que sacan al bebé de tu cuerpo: el sentimiento de culpa. A lo largo de sus páginas, recopila diferentes ideas y visiones de por qué nos hemos metido (¿o nos han metido? ¿o sólo nos han empujado y nosotras nos hemos caído?) en este lío y de cómo podemos intentar salir. El final del libro lo dice bien claro: la respuesta final está en cada una de nosotras.

Look “Working Girl”

Abro la revista. La portada promete darme las claves del perfecto look de oficina. Dicho con más glamour, me ayudará a “hacer de la semana mi propia pasarela”. Qué bien suena, eso es precisamente lo que necesito.

Busco el artículo dispuesta a aprender. El primer modelito lleva por titular “Perfecta de la mañana a la noche”. Lo lleva una modelo veinte centímetros más alta que yo y con diez kilos menos. No he visto a nadie con ese tipazo en la oficina pero bueno, la carrera de modelo es corta, estas chicas se ponen a estudiar y nunca se sabe, acaban trabajando delante de un ordenador como todo hijo de vecino. El look consiste en un traje de chaqueta con corte masculino y una camisa blanca impoluta. Algo sencillo. La camisa blanca es un clásico. Yo también tengo una, pero no sé por qué creo que no me queda igual que a la modelo. Será que la mía nunca ha estado tan planchada. O que es menos blanca. Como complementos, un bolso carísimo y unos tacones de unos doce centímetros, que estilizan mucho. Yo con eso no puedo andar, no llego ni al ascensor de mi casa. Los puedo llevar en el bolso y ponérmelos en la oficina pero en cuanto dé tres pasos la gente notará algo raro. Atraeré todas las miradas, eso sí. Primero, notarán que de repente he crecido, y segundo, está claro que acabaré en el suelo. Me los puedo poner sólo para estar sentada. Pero entonces no me van a estilizar nada. En resumen, me quedo con la tarea de planchar mejor y blanquear mi camisa.

El segundo look se llama “Armas de mujer”. Y qué armas. Menudo escote lleva la susodicha. Me imagino a mí misma enseñando el canalillo en la oficina mientras reviso la rentabilidad de un producto con un compañero. Me parto de risa. Está claro que si llevo eso me hago “trending topic” en la empresa en un momento. Eso sí, es un look ideal para no irse sola a casa tras el afterwork. Pero yo no busco líos, y menos en la oficina.

Paso rápido al tercer modelo. No sé ni qué titular lleva. Sólo puedo fijarme en las transparencias. Se le ve todo el sujetador a la pobre chica. ¿Pero dónde trabajan estas mujeres? Vale que mi oficina es un poco gris, lo admito, pero no sé yo si enseñarlo todo ayuda al buen clima laboral. Lo mismo sí. Habrá que avisar al sindicato.

La mayoría del resto de looks tampoco me sirven mucho. Empiezo a pensar que soy una sosa. Pero es que no pienso ir vestida de pies a cabeza de leopardo. Y no, tampoco voy a ponerme mocasines con calcetines. No puedo llevar sudaderas y lo de los pantalones de cuero tampoco lo veo. Alguna modelo va enjoyada de arriba abajo. No creo que sea buena idea ir así en el metro. De todas formas, si yo tuviera el dinero para comprarme la ropa que llevan estas chicas no necesitaría trabajar.

Al final, saco alguna idea: un bolso, un pantalón, un vestidito y un zapato plano. Mi estilo de siempre, vamos. Y claro, lo tendré que buscar en versión low cost. No sé con esto voy a aportar mucho glamour a la pasarela de mi semana. Pero me he reído un rato. De eso se trata.

Obsolescencia programada

Lo dicho, esto no es lo que era. Mucha variedad, buenos precios, moda para todos… si, si, pero la calidad no es buena. En esta sociedad todo se consume rápido y luego pasamos a otra cosa.

Porque esos pantalones los compré en las rebajas de hace dos años. Me quedaban ceñiditos, pero bien. Como se llevan los pitillos. De pana negra, super cómodos para invierno. Iban con todo.

No fueron nada caros, un chollo. Los fabrican en países lejanos, a saber dónde, y los venden a buen precio. Y si encima los pillas en oferta, no te puedes ni debes resistir.

Ahora no tengo el cuerpo de hace dos inviernos, lo sé, pero tampoco es para tanto. Es que la calidad deja mucho que desear. Se notaban finitos.

Me los había puesto un par de veces en la última semana. Los notaba más apretados, pero no era para tanto. Podía respirar.Para ponerlos metía tripa y daba un saltito y ya está. Iba muy mona. Luego me dejaban un poco de marca, a la altura del botón. Pero los cerraba.

Por eso digo, que no soy yo, que es la calidad de la ropa. Que si se han roto al estirarlos para arriba no es que yo esté tremenda, no, es que los pantalones ya no daban más de sí. Es que la ropa ya no es lo que era.

Obsolescencia programada lo llaman.

Operación pibón. Día 1

Hoy empiezo. Debería haber empezado el día 2 de enero, pero lo he ido dejando. Da igual; hoy comienza una nueva era en la que por fín voy a perder esos 6 ó 7 kilos que me sobran. Me pongo un objetivo ambicioso, algo así como quedar como la Pataky, porque la meta final hay que ponerla muy alto. Luego ya habrá tiempo de bajar el listón; si me quedo a un cuarto del camino entre mi estado actual y ella, me doy con un canto en los dientes.

Va a ser una acción multidisciplinar: alimentación, deporte y cuidados varios. En el último apartado incluyo cremas, maquillaje, ropa o cualquier cosa para mejorar el aspecto.  Porque es un plan integral. En un mes vuelvo al trabajo y quiero llegar en plan estelar. Las cosas andan chunga por mi oficina (ya os contaré) así que, por lo menos, que se me vea estupenda. El segundo hito lo tengo a finales de marzo: la boda de una compañera de universidad. No sé con quien me encontraré allí, pero mi orgullo me exije estar estupenda.

He empezado regular. Para desayunar, he terminado el brownie de chocolate que quedaba. Es que la noche ha sido mala y tenía ansiedad. Pero la buena noticia es que ya no queda más y no pienso comprar. Además, lo que se toma en el desayuno se quema a lo largo del día. Bueno, que empiezo ahora, justo después del desayuno. Luego iré al herbolario. Voy a comprar quinoa, levadura de cerveza, germen de trigo y lo que me recomienden. No sé si os habeis fijado, ahora las famosas toman todas cereales con nombres raros y capsulitas de herbolario. Pues yo no voy a ser menos. No voy a escatimar.

Con la alimentación, lo tengo claro. Sólo con quitarme la bollería y las guarradas que como, ya me quito un par de kilos. Y si como fruta entre horas, y por la noche algo ligero, ya lo tengo hecho. Porque, en el fondo, con todo lo que como, lo sorprendente que sólo me sobren 6 kilos. A ver si en el fondo voy a tener buen metabolismo. Eso sí, la cerveza diaria no me la voy a quitar.

Me tengo que comprar una crema para la celulitis. Me gustan la que tienen efecto frío, porque es como si notaras enseguida que algo está pasando, que todo se tensa. Venden una en Mercadona, con esa me irá bien.

Voy a hacer deporte: salir a correr, abdominales y ejercicios para el culo , dícese finamente de gluteos. Necesito un plan, aún no lo he diseñado. Me sobran caderas, culo y tripa. Lo típico vamos. Menos tetas, me sobra de todo. El colmo sería quearme como estoy y adelagazar la pechonalidad. Eso no puede pasar.

Y dentro de este nuevo plan de choque, necesito ropa nueva. Estamos en rebajas, así que es buen momento. Pero claro, tengo que visualizar como me quedará todo cuando adelgace. Lo mejor va a ser, por ahora, comprar zapatos.

Bueno, ya está listo el plan de la operación pibón. Seguiré informando.

Consejos para madres

He tenido  tres niños en cuatro años. Eso hace de mí una madre más o menos experimentada. Entonces, aquí estoy, voy a escribir un montón de buenos consejos para las demás madres.

Pues no, me niego. Porque si algo me ha puesto nerviosa en estos cuatro años, ha sido recibir multitud de consejos por parte de todos y, al final, darme cuenta de que cada caso es un mundo y en realidad todo es mucho más fácil. Eso sí, me ha llevado tres embarazos, tres partos, sus disgustos, angustias y no sabría decir cuantos pañales.

En el mismo momento en el que anuncié mi primer embarazo, comenzaron a llover los consejos. Al principio, los agradecía, de hecho los buscaba en libros, foros, amigos y profesionales. Pero cuando nació Mateo, me di cuenta de que en esto de los consejos había muchas corrientes: “Que no pasen más de tres horas sin que coma” se oponía a “Cuando el niño quiera”; “Como mucho 20 minutos en cada pecho” a “Lo que haga falta”;”Dejale llorar, ya parará” le hacía la competencia a “Necesita el contacto contigo” y así estuve recibiendo un sinfín de recomendaciones sobre cómo era mejor cogerle (o no), como hacerle dormir, comer, echar el aire, limpiar el ombligo, educar, hablar, enseñar idiomas…

Sobre cada uno de los temas anteriores podría escribir largo y tendido. Pero no lo voy a hacer porque ya lo han hecho muchos antes que yo. Aquí, sólo destacar mi asombro ante la seguridad con la que personas sin hijos nos aleccionan sobre la educación de los nuestros en casa, aunque lo que más perpleja me deja es la firmeza con la que ciertos hombres dan recomendaciones sobre temas como la lactancia (sobre ésta última es posible que haga un post individual, se lo merece).

Así que, para que no digáis que el título de mi post es un engaño, aquí van mis dos únicos consejos: Relájate y Disfruta.

Relájate porque lo vas a hacer bien, porque todo es más natural de lo que te crees. Porque cada niño y cada madre necesita su tiempo. Porque si estás tranquila, lo ves todo con más claridad. La otra noche, yo estaba sola en casa con los niños. Los dos mayores jugaban en el salón y la pequeña ya dormía. Todo era orden y concierto. En un momento, todo se fue al traste. Los mayores empezaron a discutir y la pequeña a llorar. Yo estaba agotada. Y me di cuenta de que tenía la piel muy seca. Pues me fui al baño a ponerme crema por todo el cuerpo con calma mientras en el resto de la casa se oían gritos por todas partes. Y cuando salí al cabo de 3 minutos, el bebé ya se había vuelto a dormir y los mayores estaban más tranquilos y fue sencillo mandarlos a la cama. En otro momento, hubiera gritado a los mayores. lo que les hubiera puesto más nerviosos, y cogido en brazos a la pequeña, despertándola del todo. Pero la experiencia es un grado con los niños, y la calma la mejor arma.

Y disfruta. Disfruta porque crecen tan rápido que si te despistas, te lo vas a perder. Porque todos los días hay algo que celebrar: una sonrisa, un sonido, una palabra, una mirada (un consejo extra: haz fotos, que cada momento es único y pasa volando). Párate y disfruta el momento.

Con la vida que llevamos, tener niños es una odisea. No te lo compliques más.

La típica vecina ideal

El otro día comprobé que mi vecina Lucía tiene la casa ideal, a su imagen y semejanza. Notad que digo ideal, no perfecta. No es la típica mujer a la que ves con sus tres hijos rubios perfectamente vestidos enconjuntados, pulcros y peinados como si acabaran de salir del catálogo de Nanos. No, ella está por encima de eso. Porque su hija a veces lleva un chándal rosa de terciopelo, pero hasta lo hortera le queda bien.

Cuando subí a dejarle unas cosas para el bebé que va a tener (embarazada está monísima, claro), me la encontré perfectamente vestida de forma informal pero arreglada, como tiene una que estar cuando va a pasar la mañana tontamente en casa. Yo subí en chándal, porque después pretendía salir a correr (la vuelta a la manzana, no os penséis que doy para más). Al abrirse la puerta sentí que sobraba en ese pasillo con pintura alegre y bonitos elementos de decoración. No pasé de la entrada, no me atreví, me sentía fuera de lugar, fea en un hogar tan harmonioso, me fui (literalmente) por patas.

Después de cinco gloriosos minutos corriendo volví a mi casa. Me prometí a mi misma que algún día tendría una bonita entrada con papel pintado, un lugar acogedor donde dar la bienvenida a mis visitas como hace mi vecina, no ese trastero donde conviven sin orden ni gracia abrigos, carritos y bicis de niños. Hay tantos trastos en mi entrada que cualquier día no puedo abrir la puerta.

Otro día os cuento más de mi vecina, ahora voy a por una revista de decoración.